
Con la perspectiva del tiempo transcurrido desde que finalizara la pandemia global, empieza a comprenderse hasta qué
punto los confinamientos involuntarios, la gramática política del
fin que justifica los medios, la propaganda culpabilizadora de las
grandes corporaciones y el repertorio punitivo de los estados (de
alarma) han descompuesto los frágiles equilibrios de muchas cabezas. Amplios segmentos de la población se han empobrecido
y están emocionalmente agotados por la devastación psíquica y
por una precariedad que no cesa.
Inevitablemente, la debacle psicológica y psiquiátrica que
golpea la salud mental de millones de personas, cristaliza con
más facilidad en los sectores vulnerables. La nueva fase de acumulación capitalista, basada en una mezcla de extractivismo,
régimen de guerra y economía verde, genera frustración, ansiedad y tristeza en las clases subalternas. Y produce locura, esa
categoría siempre en los márgenes, inconfesablemente temida
y despreciada con intensidad, con una mezcla de asco y odio:
ejemplo supremo de estigma y criminalización, la máxima encarnación de la otredad y la diferencia.
Las estadísticas reflejan el estado de ánimo y los problemas
mentales de una población a la que los malestares sociales empujan por la pendiente del sufrimiento hacia un agujero negro de
crisis agudas enhebradas con cuadros de angustia, insatisfacción
y neurosis. En el Reino de España, los números del consumo de
psicofármacos son impactantes: el lugar del mundo donde se ingieren más ansiolíticos, antidepresivos y reguladores del sueño.
https://www.consaludmental.org/publicaciones/Por-nuestra-cuenta.pdf