El hecho de que en un período reciente, es decir, en los últimos veinticinco años, se hayan renovado con nuevos acentos y gran impulso los estudios sobre el cinismo y su legado literario debe verse como un dato muy significativo. Podemos detectar, en estos años, una importante revalorización del cinismo antiguo y su influencia filosófica y literaria, un aprecio por el cinismo como un movimiento filosófico y social de sorprendente y muy larga impronta cultural. Esta atención renovada hacia él está justificada, pienso, no sólo por la publicación de algunos estudios importantes de sus textos que el lector verá citados oportunamente en el presente volumen, como los de Léonce Paquet (1975) y Gabriele Giannantoni (1990) —beneméritos filólogos que con admirable cuidado han editado, traducido, y anotado el conjunto de los fragmentos de los cínicos antiguos—, y por las doctas y estimulantes revisiones críticas de Heinrich Niehues-Próbsting (1979) y Marie-Odile Goulet-Cazé (1986), y el extenso e influyente ensayo filosófico de Peter Sloterdijk (1983) —en un libro que contrasta el cinismo antiguo con sus sombras en la modernidad—, sino que responde, además, creo, a una nueva comprensión, a cierta simpatía de nuestro tiempo favorable a una reinterpretación actualizada de su legado filosófico. La simpatía hacia esos vagabundos anárquicos y humoristas de la temprana época helenística, y hacia la larga estela de sus ecos en una discontinua, pero vivaz y abigarrada tradición filosófica literaria, es un síntoma de una cierta mentalidad y complicidad postmoderna.






