“¿Lily?”, sugerí, señalando un nombre que había garabateado en una
servilleta húmeda. Mi esposo negó con la cabeza. Presioné mis labios con la
pluma y me concentré, procurando equilibrar mi vientre preñado mientras me
acomodaba en la orilla poco firme de un banco de bar. Era el verano de 2010
y mi esposo y yo intentábamos barajar nombres ante la llegada de nuestra hija
en diciembre. Sentados en un bar en Cambridge, Massachusetts, proponíamos
nombres; cada uno los escribía en secreto en una servilleta antes de
mostrárselos al otro, como si estuviéramos en un extraño programa de
televisión de juegos: ¡Elige un nombre para tu bebé! No teníamos mucha
suerte. Ambos tenemos nombres poco comunes —Nathalia y Larkin—, por
lo que queríamos encontrar uno que no condenara a nuestra hija a una vida de
apodos extraños. Cuando Larkin escribió Eleanor, de inmediato lo rechacé.
Sonaba tan anticuado. No podía imaginar llamar así a mi hija. Pero conforme
los meses pasaron y mi vientre creció, el nombre creció también dentro de
mí. Comenzamos a buscar un segundo nombre. Sugerí Frances, un merecido
homenaje para la madre de Larkin, que había fallecido siete años antes.


No hay comentarios:
Publicar un comentario