jueves, 5 de febrero de 2026

Las mujeres de la NASA. Nathalia Holt.

 

 


 

 

 

 

 

 “¿Lily?”, sugerí, señalando un nombre que había garabateado en una
servilleta húmeda. Mi esposo negó con la cabeza. Presioné mis labios con la
pluma y me concentré, procurando equilibrar mi vientre preñado mientras me
acomodaba en la orilla poco firme de un banco de bar. Era el verano de 2010
y mi esposo y yo intentábamos barajar nombres ante la llegada de nuestra hija
en diciembre. Sentados en un bar en Cambridge, Massachusetts, proponíamos
nombres; cada uno los escribía en secreto en una servilleta antes de
mostrárselos al otro, como si estuviéramos en un extraño programa de
televisión de juegos: ¡Elige un nombre para tu bebé! No teníamos mucha
suerte. Ambos tenemos nombres poco comunes —Nathalia y Larkin—, por
lo que queríamos encontrar uno que no condenara a nuestra hija a una vida de
apodos extraños. Cuando Larkin escribió Eleanor, de inmediato lo rechacé.
Sonaba tan anticuado. No podía imaginar llamar así a mi hija. Pero conforme
los meses pasaron y mi vientre creció, el nombre creció también dentro de
mí. Comenzamos a buscar un segundo nombre. Sugerí Frances, un merecido
homenaje para la madre de Larkin, que había fallecido siete años antes.

 




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