Me gustaría decir que escribir este libro ha sido una empresa agradable; pero no lo ha sido ni un solo momento en los dos años que me ha llevado terminarlo. Sobre todo ha sido especialmente desagradable revisar todas las cintas de vídeo del experimento de la prisión de Stanford (EPS) y leer una y otra vez los textos con sus transcripciones. El tiempo había ido borrando el recuerdo de la maldad creativa de muchos de los carceleros, del sufrimiento de muchos de los reclusos y de mi pasividad al dejar que los maltratos siguieran durante tanto tiempo, de mi maldad por inacción. También había olvidado que hace treinta años empecé la primera parte de este libro por encargo de otra editorial. Pero lo acabé dejando porque no estaba preparado para revivir aquella experiencia tan reciente. Me alegro de no haber seguido adelante obligándome a escribir, porque el momento adecuado ha sido éste. Ahora poseo más experiencia y puedo aportar una perspectiva más madura a esta tarea tan compleja. Además, las similitudes entre los maltratos de Abu Ghraib y los acontecimientos del EPS han dado más validez a nuestra experiencia de la prisión de Stanford y ayudan a explicar la dinámica psicológica que ha contribuido a crear los espantosos maltratos de esta prisión tan real.
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