
Aunque la medicina no es una ciencia, se construye
sobre una base eminentemente científica. Los médicos
siempre han anhelado cuantificar su práctica. Ya en el siglo XII, la astrología fascinó a las mentes más abiertas por
su visión global de la realidad y sirvió para reorientar la medicina desde las artes especulativas del trivium a las empíricas del quadrivium. Urso de Lodi remarcaba que un médico ilustrado debía conocer las artes liberales, en especial
la astronomía y la astrología. Para hacer un diagnóstico y
plantear un tratamiento correcto, un buen médico debía
conocer con precisión el momento del nacimiento de su
paciente y, si era un personaje importante, estaba obligado a disponer de un horóscopo exacto. Ello exigía complicados cálculos basados en tablas sobre la posición de
los planetas e instrumentos de cálculo de los que el astrolabio era el más utilizado. Con tal bagaje, los médicos
llegaron a ser hábiles ingenieros. Siglos después, en el XVIII,
en otra aproximación matemática a la medicina, Laplace
publicó un tratado sobre la teoría analítica de las posibilidades, sugiriendo que tal análisis podría ser una herramienta valiosa para resolver problemas médicos. El primer
médico que utilizó métodos matemáticos en el análisis
cuantitativo de pacientes y sus enfermedades fue Louis, a
principios del siglo XIX; la publicación seminal de la méthode numérique influyó en toda una generación de estudiantes cuyos discípulos consolidaron la nueva ciencia de
la epidemiología, sólidamente enraizada en el método estadístico. En la actualidad, ese anhelo de certeza en la
práctica médica se concreta en la denominada «medicina
basada en la evidencia»; metodología que apunta las sinergias de la medicina con la informática.
https://rac.es/ficheros/doc/00360.pdf