jueves, 22 de octubre de 2026

El barón rampante. Italo Calvino.

 







Fue el 15 de junio de 1767 cuando Cósimo Piovasco de Rondó, mi hermano, se sentó

por última vez entre nosotros. Lo recuerdo como si fuera hoy. Estábamos en el comedor

de nuestra villa de Ombrosa, las ventanas enmarcaban las espesas ramas de la gran

encina del parque. Era mediodía, y nuestra familia por tradición se sentaba a la mesa a

aquella hora, a pesar de estar ya difundida entre los nobles la moda, procedente de la

poco madrugadora Corte de Francia, de comer a media tarde. Recuerdo que soplaba

viento del mar y las hojas se movían. Cósimo dijo: «¡He dicho que no quiero y no quiero!»,

y rechazó el plato de caracoles. Nunca se había visto una desobediencia tan grave.

En la cabecera estaba el barón Arminio Piovasco de Rondó, nuestro padre, con peluca

sobre las orejas a lo Luis XIV, anticuada como tantas cosas suyas. Entre mi hermano y yo

se sentaba el abate Fauchelafleur, limosnero de nuestra familia y preceptor de nosotros

dos. Delante teníamos a la generala Corradina de Rondó, nuestra madre, y a nuestra

hermana Battista, monja doméstica. En el otro extremo de la mesa, frente a nuestro

padre, se sentaba, vestido a la turca, el caballero abogado Enea Silvio Carrega,

administrador e hidráulico de nuestras haciendas, y tío natural nuestro, como hermano

ilegítimo de nuestro padre.


https://drive.google.com/file/d/0B7FbQQujE7UocUpPdzB0WFRwd3M/view?resourcekey=0-9gN_aJnzciTwg-vil10OmA




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