La exploración y conquista de América —que discurrió entre largos viajes por mar,
tediosas expediciones terrestres, y los olores de la pólvora, los perros de guerra y la
sangre indígena— supusieron para el conquistador español tanto la satisfacción por
haber alcanzado unos logros difícilmente imaginados un siglo antes, como el reconocimiento
de hallarse ante un mundo nuevo y distinto. Los conquistadores no solo
navegaron con astrolabios y arcabuces, sino también trajeron consigo tinta y papel
con el fin de captar lo que el tumulto de la guerra les pudiera hacer olvidar, para
luego con ello justificar ante el monarca sus méritos y ante el financista sus gastos.
De este modo, las crónicas tempranas fueron un reflejo de los intereses políticos de
las diferentes empresas de conquista; pero, además, le brindaron al hombre europeo
descripciones detalladas de las religiones, costumbres, creencias indígenas, y de la
flora y fauna del Nuevo Mundo. Así, obras como la Historia general y natural de las
Indias (1535), de Gonzalo Fernández de Oviedo (1488-1557), constituyeron parte
de los primeros esfuerzos científicos de los europeos por conocer los «secretos de
natura» e inventariar, aunque de manera burda y sumaria, los nuevos fenómenos que
América ofrecía (Carrillo Castillo, 2004).
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