La obra escrita del “mayor Maestro” (ash-shaikh al-akbar) sufí, Mohyddîn ibn Arabî, incluye
ciertas consideraciones acerca de la astrología que permiten vislumbrar cómo esta ciencia, que no ha
llegado al Occidente moderno más que en una forma fragmentaria y reducida a algunas de sus
aplicaciones más contingentes, podía relacionarse con unos principios metafísicos, luego
dependientes de un conocimiento que se basta a sí mismo. La astrología, tal como fue difundida en la
edad media en la civilización cristiana y en la islámica, y como subsiste todavía en ciertos países
árabes, debe su forma al hermetismo alejandrino; no es, pues, ni islámica ni cristiana en su esencia y,
por lo demás, no podría encontrar un lugar en la perspectiva religiosa de las tradiciones monoteístas,
dado que esta perspectiva insiste en la responsabilidad del individuo ante su Creador y, por esto, evita
todo lo que podría velar esta relación por la consideración de causas intermedias. No obstante, si la
astrología ha podido ser integrada en el esoterismo cristiano y en el musulmán, es porque perpetuaba,
transmitida por el hermetismo, ciertos aspectos de un simbolismo muy primordial; la penetración
contemplativa del ambiente cósmico y la identificación espontánea de las apariencias –constantes y
rítmicas- del mundo sensible con sus prototipos eternos corresponde, en efecto, a una mentalidad
todavía primitiva en el sentido propio y positivo de este término. Esta primordialidad implícita del
simbolismo astrológico se aviva en contacto con la espiritualidad, directa y universal, de un
esoterismo vivo, como se ilumina el centelleo de una piedra preciosa cuando se expone a los rayos de
una luz.
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